lunes, 6 de diciembre de 2010

Entrevista

A continuación reproduzco una entrevista que me realizó el camarada Eisenhower del Foro Segunda Guerra Mundial.

Además, al final adjunto enlaces a distintos medios que se han hecho de la futura presentación de Panzerfaust.

Leímos tus publicaciones en el blog que tenés. Y nos interesó bastante.

¿Cuánto hace que empezaste a escribir?

Empecé a escribir historias ni bien aprendí a escribir. Cuando mi hermana iba a la secundaria y yo todavía a la primaria, le escribí un relato, que hablaba de un Cuarto Reich, con el que sacó la mejor nota y fue felicitada por su imaginación.

¿Desde entonces tenías un modo o estilo de escribir?, ¿en que te guías?

Particularmente opino que el estilo y la mejoría se obtienen escribiendo diariamente. En algún momento todo tiene que mejorar, o al menos no ser tan malo.

No sé si me guío en alguien. Hay muchos autores que me gustan.

¿Cómo surgió la historia de Panzefaust?

Cansado de ver y leer novelas y películas desde el lado americano, pensé que escribir desde la visión de los chicos malos era una buena opción. Además creo que está menos trillado.

¿Por qué los personajes son alemanes, y no soviéticos, o norteamericanos?

Por lo mismo que te decía anteriormente. Además me cautiva y contraría la actitud de aquellos soldados que combatieron en Berlín, en un lugar donde sólo podían esperar la muerte o el cautiverio.

El libro mezcla ficción (mayoría de personajes) y realidad. Al leer un poco el blog se puede ver la gran claridad con que mostrás las situaciones más estresantes para cualquier soldado. ¿Como hiciste ese trabajo de diferenciar tan bien la realidad de la ficción?

He tratado de ser lo más fidedigno con los hechos y las situaciones. Me he tomado un par de meses para investigar los mapas de Berlín como distintas visiones de la batalla.

En tanto que para crear las vivencias de los personajes, he tomado muchas notas de los testimonios de los verdaderos combatientes.

Hay un reportaje a Fenet muy interesante al respecto, por dar un ejemplo.

Al momento de escribir aquellas notas, ¿creíste que ibas a tener tantos seguidores y comentario positivos? ¿Eso te impulso a transformarlo en un libro?

La verdad que no. Pero mis ganas sumadas a las primeras críticas positivas bastaron para que me largara a transformar el blog en una novela.

Claramente si uno pone atención se puede ver el conocimiento que hay dentro del texto. Además de ser profesor de historia, ¿hubo algún libro en particular que te hizo pensar en escribir un relato de estas características?

Muchos. Autores como Pressfield o León Uris por citar sólo un par.

Por ultimo, felicitaciones por este gran libro que al parecer no solo tiene éxito en nuestro país sino también en el exterior.

Muchas gracias a vos.


Panzerfaust en los medios:

http://www.diario3.com.ar/nota.php?id=10065

http://www.elperiodista3a.com.ar/

http://www.lavozdelpueblo.com.ar/interior.php?ar_id=55986

http://www.radiotresarroyos.com/

jueves, 18 de noviembre de 2010

Presentación del libro Panzerfaust. El sitio de Berlín en Córdoba






Ayer 17 de noviembre de 2010, se presento en la ciudad de Córdoba el libro Panzerfaust. El sitio de Berlín.

Ya que no pude viajar, mi amigo el reconocido escritor córdobes Jorge Ferraro me hizo el honor de presentar el libro.

Aquí adjunto unas fotos del evento, y desde ayer Panzerfaust esta en la calle y se puede adquirir desde cualquier parte del mundo.


Saludos

sábado, 13 de noviembre de 2010

Presentación del libro Panzerfaust. El sitio de Berlín




Estimados camaradas del blog es un orgulloso informarles que Panzerfaust . El sitio de Berlín ya está impreso.

El día 17 de noviembre será presentado en la ciudad de Córdoba (Argentina) donde tiene la sede la editorial. En dicho evento me representará mi amigo y consagrado escritor cordobés Jorge Ferraro.

El día 7 de diciembre será presentado en mi ciudad natal de Tres Arroyos.

Desde ya quiero agradecer a todos aquellos compañeros que me han acompañado y apoyado.
Sinceramente, gracias.


P.D: para adquirir el libro pueden contactarme a través de nachomaqeen@hotmail.com


miércoles, 3 de noviembre de 2010

mañana del 24 de abril de 1945


Seis y veinte de la mañana en punto, todo el poder de fuego del 1er Frente ucraniano del Mariscal Konev desató un demoledor bombardeo sobre la margen septentrional del canal de Teltow, mientras el 8º Ejército de Guardias del general Chuikov se preparaba para cruzarlo. Con una concentración promedio de seiscientas cincuenta mil piezas artilladas por kilómetro de frente, en cuestiones de minutos las posiciones ribereñas alemanas comenzaron a transformarse en montañas de escombros humeantes.

Sorprendidos por el ataque, los alemanes abandonaron instintivamente las posiciones junto al canal. Sin ningún orden y en medio del pánico, los soldados corrían hacia el norte mientras esquivaban los heridos y trataban de anticiparse a donde iba a caer la próxima bomba.

Extrañamente, salidos de los centenares de negras bocas de sótanos y bodegas que atestaban el suburbio de Britz, millares de civiles aterrados se lanzaron en estampida a cruzar el puente hacia el norte, cuando debían haber permanecido en sus refugios a salvo en el sector meridional.

Renuentes a quedar en un territorio inminentemente soviético, las mujeres prefirieron arriesgarse a perder la vida, y las de sus hijos y padres ancianos, bajo las explosiones antes que perder su honor violadas por la masa de atacantes. Los rumores y noticias provenientes de Prusia Oriental no hacían más que estimular la paranoia de una población civil al límite de la locura.

Mientras niños y adultos eran despedazados por la metralla y arrollados por los que venían detrás, los exiguos miembros de la sección Krauss, atrapados en ascuas al igual que la mayoría de sus camaradas, tomaron los fusiles y se lanzaron a la carrera para salvar el pellejo. En un bombardeo tan atroz como aquél no había lugar para los héroes ni para los cobardes. El que no corría era simplemente porque estaba muerto o porque iba a morir.

–¡Mierda, bombarderos! –maldijo un soldado tras mirar al cielo.

Zorc, que corría justo detrás de Kummer, se arrojó al suelo junto con éste al sentir el aterrador silbido de una bomba por encima de sus cabezas. Un edificio de tres pisos desapareció

en una nube de polvo y fuego. Cuando los dos hombres se pusieron en pie para seguir su desesperada carrera, observaron de soslayo que el edificio ya no estaba.

–Es el final –declaró Kummer desconsolado.

–¡Corre imbécil! –lo insultó furioso Zorc mientras sentía que los pulmones se le iban a salir por la boca.

Como un autómata inconmovible, Zorc obligaba a su maltrecho cuerpo a dar un paso más y luego otro. Seguro de que si se detenía a tomar aire ya no podría volver a reemprender la marcha, corría entre el fuego, las bombas y los muertos.

–¡Allí está el cabo! –señaló Kummer a Niedermeier que, parapetado en la entrada de lo que parecía una refugio subterráneo, los llamaba desesperadamente por medio de señas.

Zorc pareció reconocer a Niedermeier; sin embargo, cuando no estaban a más de cincuenta metros del lugar, en un abrir y cerrar de ojos Niedermeier desapareció. Preso de un súbito calor, Zorc cerró los ojos mientras era arrojado hacia atrás por la onda expansiva de la explosión.

Convencido de que todo había terminado, no intentó levantarse ni abrir los ojos. Con los oídos zumbándole, no se resistió al sentir que lo tomaban de los hombros y lo arrastraban

–¿Está bien, sargento? –sintió que le preguntaba una voz lejana. Muy lejana.

Temeroso de lo pudiese encontrar, Zorc se esforzó para levantar las párpados. Los ojos le ardían como nunca. Luego de uno segundos en los que sólo visualizó sombras, pudo enfocar la mirada en el hombre que le hablaba: con su uniforme blanco por el polvillo, Kummer parecía sonreírle mientras lo seguía arrastrando.

–¿Está bien, sargento? –sintió que le volvían a preguntar.

–De mil demonios –respondió Zorc con una tonta sonrisa dibujada en los labios.

Ayudado por otro soldado, Kummer trasladó al sargento al sótano de un galpón que parecía lo suficientemente sólido para no desmoronárseles encima. Una vez en la oscuridad del refugio, dejaron al herido sobre una mesa.

–¡Menudo infierno! –exclamó el granadero de la 18.ª en tanto buscaba en vano un atado de cigarrillos entre sus mugrientas ropas.

–Toma –lo convidó el otro soldado

–Gracias –dijo Kummer, y agregó al reparar en el uniforme negro de su interlocutor–, ¿tanquista?

–¡Ex…tanquista! –respondió desilusionado el soldado–, volaron mi Tiger junto con toda la dotación. Me salvé por haber ido a mear, ¿lo puedes creer?

Kummer movió la cabeza afirmativamente; en tiempos de guerra todo podía suceder.

–Cuatro hombres hechos pedacitos en un instante –se lamentó el tanquista.

–A nosotros ayer nos dieron una paliza tremenda –intentó conmiserarse Kummer.

–¿A quién no le han dado una paliza? –preguntó escéptico el tanquista.

Ambos hombres se miraron y soltaron las carcajadas al unísono.

Zorc pensó que estaba delirando al sentir risas con el bombardeo de fondo. Nadie podía estar riendo en aquella situación.

A las siete de la mañana en punto los cañones se llamaron a silencio. Un pesado mutismo invadió el ambiente. Los sobrevivientes, primero unos pocos y luego en masa, tímidamente empezaron a retornar a sus posiciones junto al canal. En tanto que las familias de civiles que habían salido ilesas reemprendían su éxodo hacia la capital, madres histéricas y niños envueltos en llanto revolvían al igual que carroñeros entre los cientos de muertos para intentar dar con sus seres queridos.

Inmunes al dolor y al sufrimiento ajeno, tras largos años de duros y cruentos combates, la mayoría de los soldados pasaba indiferente entre los civiles, mientras que unos pocos se detenían para intentar en vano brindar algún alivio a las víctimas.

Igualmente, no transcurrió mucho tiempo hasta que el silbato de un histérico oficial desgarró el aire para dar la alarma entre los combatientes.

Los ruidos de las ametralladoras rompieron el fúnebre mutismo. Los gritos frenéticos de los que estaban ya junto al canal se dejaban sentir por docena en su intento de llamar a sus camaradas.

Valiéndose de embarcaciones plegadizas y botes de remos de madera, los soviéticos se largaron a cruzar el canal mientras que sus camaradas armados de morteros y ametralladoras los cubrían.

Los dos primeros T-34 que osaron cruzar por el puente de Britz fueron destruidos en medio de éste por una lluvia de granadas. A pesar de que no contaban con muchos blindados, los alemanes disponían de un amplio arsenal de panzerfaust; arma sumamente peligrosa por su simpleza ya que podía ser manipulada tanto por un soldado, como por un niño o por un anciano.

Aunque nunca lo habían calculado, algunos oficiales soviéticos empezaban a vislumbrar que, más allá de su abrumadora superioridad en blindados, pagarían un amargo y caro tributo al panzerfaust en su vertiginosa carrera hacia el corazón del Reich.

lunes, 11 de octubre de 2010

noche del 24 de abril de 1945

El capitán Boje era un danés grandote y de cabello rojizo con un aspecto más propio de un vikingo que de un oficial de las Waffen SS. De idiosincrasia similar a la mayoría de nórdicos que combatían del lado alemán, Jesper Boje era más un exacerbado anticomunista que un nacionalsocialista. Sin tener la obligación cutánea de defender una tierra que no le era propia, el danés se debatía enérgicamente en el mando de sus tropas para repeler a la marea bolchevique. Cuando Zorc lo encontró, el oficial estaba parapetado en medio del puente con su vista clavada en los fuegos que ardían al sur de Teltow.
Tras reportarse, el sargento aguardó callado a que el superior le diera las órdenes para la siguiente jornada. En ningún momento se preguntó que había sido del teniente que le había ordenado cubrir el repliegue. Los soldados desaparecían sin más. Algunos morían en tanto que otros al igual que ratas intentaban escabullirse antes de que todo estuviese perdido.
–¿Cómo está de efectivos? –preguntó de súbito Boje en un alemán tosco.
–Como todas las unidades señor, escaso –contestó Zorc rascándose la nuca.
–Sea más específico, sargento –pidió serio el capitán.
–Déjeme pensar –Zorc perdió la mirada a lo lejos mientras repasaba sus efectivos mentalmente–. Cinco confirmados y puede llegar a haber un par más por ahí.
Boje negó con la cabeza. Con los pocos efectivos que contaban era imposible contraatacar como habían ordenado. Convencido de que casi nada ya tenía sentido, ordenó al sargento que volviera con sus hombres, que él le enviaría algunos soldados.
Obediente, Zorc se retiró sin quejarse. A esa altura de la noche la guerra ya le importaba una mierda, sólo deseaba comer algo caliente y poder dormir un par de horas.
La pequeña bodega donde se alojó la sección Krauss no tenía mayor comodidad que una desmantelada mesa y una docena de colchones desparramados unos encima de otros. Los hombres se ubicaban sobre estos con sus espaldas apoyadas contra la pared descascarada. Cuando el sargento llegó, la mayoría había terminado de comer y fumaba tranquilamente, encerrados en sus propias cavilaciones. Sólo Kringe, Schmidt y Hirsch aún tomaban un poco de sopa recalentada acompañada con pan viejo y un poco de queso fundido.
–Me alegro de que estén vivos –saludó el sargento, y se sirvió un poco del potaje.
Los recién llegados no respondieron. Siguieron masticando el pan como si se tratara del mejor de los manjares. El cansancio era tal en cada uno de ellos que hablar era un esfuerzo tan supremo que no valía la pena. Masticar sí lo valía.
Después de cenar, y cuando todos ya dormían en la oscuridad de la bodega, Kringe salió a fumar junto con otro compañero.
–Aquellas llamas que se ven lejanas me parece que son las de la chocolatería –señaló Riemer.
–Puede que no, arden la mayoría de los edificios del otro lado del canal.
–Es verdad –asintió Riemer.
–Necesito que hagas algo, Karl-Heinz –habló en voz baja Kringe.
Más que por el tono conspirativo que utilizó el cabo, fue por que lo llamó por su nombre de pila que Riemer supo que le pedirían algo fuera de lo común.
–En las cocinas donde está instalado el rancho, en el primer piso vi una ametralladora MG-34 con varias cintas de municiones.
Riemer asintió, y aguardó a escuchar el resto aunque sospechó lo que seguía.
–Quiero que la traigas, con municiones incluidas. También nos sirven para la 42.
–Ya vuelvo –se despidió Riemer con un guiño de ojo cómplice y se perdió en la oscuridad.
Kringe encendió otro cigarrillo, la noche sería larga.

sábado, 25 de septiembre de 2010

primeros minutos del 24 de abril de 1945 II


–Menuda situación –comenzó a hablar el teniente al tiempo que cargaba con tabaco una pipa–. Con pocos tanques, poca gasolina y con ivanes a donde uno mire.
Zorc asintió pero permaneció callado, más interesado en el acento de su interlocutor que en lo que decía.
Manfred pareció leer los pensamientos del sargento, ya que acotó sin motivo alguno:
–Soy nacido en Suecia de padres alemanes, de ahí mi acento.
–No me había dado cuenta –mintió Zorc al sentirse descubierto, y rápidamente cambió de tema–. Necesito encontrar el puesto de mando.
–Lo acompaño, voy para allá.
Los dos soldados se alejaron unos trescientos metros de la cabeza del puente hacia las afueras de Berlín. Durante todo el trayecto ambos combatientes fueron intercambiando pareceres sobre lo que habían vivido en los últimos días; y si bien a Zorc no le agradaban los nazis, la mirada franca y celeste del teniente le parecía sincera.
–En ese edificio –indicó Manfred el puesto de mando, tras lo que se despidió.
El edificio, un antiguo bloque de oficinas de más de seis pisos, se encontraba relativamente desierto. Con un amplio hall de entrada y una sólida escalera de mármol negro en el medio de la estancia, Zorc se asombró de lo limpio que se conservaba el lugar. Al llegar al primer piso dio con un escritorio desierto donde destacaban un cenicero sin colillas y un jarro repleto de dalias recientemente cortadas.
Tras aguardar unos minutos, en los que reparó en la suciedad que llevaba encima en contraste con el lugar, apareció un joven oficial de impecable uniforme de campaña. Sin siquiera reparar en su presencia, el soldado tomó asiento y se dispuso a trabajar con una densa pila de papeles.
Recién una vez finalizada su tarea, el arrogante oficial levantó la vista y esperó que el hombre que aguardaba parado hablara.
–Sargento Zorc, adscrito Sección Krauss, II Batallón, Regimiento Danmark –recitó de manera mecánica y monocorde el sargento.
El oficial se retiró tan callado como había llegado. Después de un momento regresó tan pulcro y antipático como se había marchado.
–Repórtese con el capitán Boje, sargento.
–¿Dónde demonios lo encuentro? –inquirió Zorc a punto de perder la compostura.
–Búsquelo cerca de la cabecera norte del puente –indicó impertérrito el oficial
Zorc dio media vuelta y se alejó furioso sin saludar. El dolor del tobillo parecía aumentar a cada paso que daba; sin embargo, no lo hubiera dudado si hubiese tenido la oportunidad de patear en el culo a aquel arrogante hijo de puta.
Otra vez en la calle, el sargento se asombró al escuchar el chistar de un grillo cuando volvía hacia el canal. No pudo menos que sonreír. En los tiempos que se vivían todo aquello que no fuera destrucción y muerte bien valía una sonrisa

domingo, 5 de septiembre de 2010

primeros minutos del 24 de abril de 1945


Diez minutos pasada la medianoche, Zorc y los pocos hombres que le quedaban llegaron a la margen meridional del puente de Britz. Las aguas del amplio canal parecían correr indiferentes por debajo de la plataforma, en tanto que los tres centinelas apostados miraron a los recién llegados como si se tratara de fantasmas.
–¿Por qué esas caras de idiotas? –los increpó Kummer sin vueltas.
Los tres centinelas se miraron entre sí. El que parecía más veterano respondió:
–Pensábamos que de aquí hacia el sur había sólo ivanes.
–Pensaron mal –dijo Rommedahl entre risas.
–¿Cómo están distribuidas las unidades? –preguntó Zorc agotado.
–A la izquierda se encuentran los tanques del batallón de Panzer pesados Hermann von Salza con los restos del regimiento Norge y a la derecha el regimiento Danmark con voluntarios del Volkssturm.
–¡Lo que nos faltaba, voluntarios! –se quejó Kummer.
Tras dejar a los centinelas, el grupo de diezmados combatientes cruzó el puente y se dirigió hacia la derecha. Mientras caminaban callados, Knarvik se percató de que faltaba su compatriota:
–¿Y Berglund?
–Venía detrás mío –respondió Niedermeier.
Knarvik se frenó. Sin embargo, al ver que el resto seguía adelante volvió a andar.
Una vez que sus hombres fueron ubicados en uno de los tantos galpones que poblaban la margen septentrional del canal, Zorc ordenó a Niedermeier que consiguiera comida caliente mientras él intentaba averiguar quién estaba al mando.
Antes de buscar a sus superiores, el sargento se acercó al canal para tomar un poco de aire. Buscó el atado de cigarrillos en su chaqueta y cuando se disponía a encender uno se arrepintió. Desconfiado, oteó hacia la margen opuesta: no fuese que algún francotirador trasnochado se lo cargase. Con un lento andar producto del crónico dolor de tobillo, inspeccionó la posición para hacerse una idea de lo que podían esperar. Sabedor de que no había ninguna esperanza, igualmente se alegró al contemplar las márgenes de hormigón y las sólidas defensas situadas entre las hileras de galpones que se perdían a lo lejos junto al lecho del canal.
–¿Lo puedo acompañar? –sintió Zorc que le hablaban a sus espaldas. Al darse vuelta se encontró con un teniente de las SS.
–Por supuesto –respondió el sargento.
–Teniente Richard Manfred, batallón Hermann von Salza –se presentó el rubicundo oficial al tiempo que extendía su diestra.
–Sargento Richard Zorc –correspondió el paracaidista al estrecharle la mano.