jueves, 29 de julio de 2010

tarde del 23 de abril 1945 IV


Eran seis. Enfilados de dos en fondo. Desde la posición que ocupaba Rommedahl lo supo antes de poder verlos. Como un sexto sentido, el danés tenía un oído especial para distinguir el sonido de los blindados, especialmente de los enemigos. Acarició su manga derecha donde portaba los distintivos por tanques destruidos. Todavía debía agregar el que había cazado junto con Jørgensen. Aunque el propio Rommedahl lo había destruido mientras su malogrado camarada había fallado el disparo, le gustaba pensar a modo de homenaje póstumo que lo habían conseguido entre los dos. También se prometió que cuando volviera a Dinamarca después de la guerra, antes de dirigirse a su ciudad natal de Aarhus para demostrar que ya no era un vago, pasaría por Copenhague para contar a los familiares de Jørgensen los actos de valor que había realizado éste antes de morir.
Cuando los T-34 se hicieron visibles desde la elevada posición en que se apostaba, empezó a dudar sobre la ciudad de que era oriundo Jørgensen. Disgustado por la incertidumbre, maldijo al muerto y a los rusos que lo habían matado. Luego abrió fuego con su fusil para llamar la atención de los blindados.
El primer cañonazo dio dos pisos por debajo del lugar que ocupaba el danés. Persuadido de que los tanquistas ya no eran del nivel de los de antes, dejó de disparar y abandonó apresurado el lugar no fuese que en el próximo disparo mejoraran.
La segunda explosión se produjo en el segundo piso al tiempo que Rommedahl llegaba a la planta baja. Nervioso como gato cerca del agua, salió del edificio y se arrojó a un pozo que había en la calle para protegerse del siguiente disparo.
El tercer impacto en la planta baja hizo que parte de la edificación colapsara.
Mientras los blindados y la infantería rusa disparaban a las ruinas de la chocolatería, los soldados alemanes que se apostaban emboscados en sus flancos abrieron fuego. Dos granadas de panzerfaust impactaron al unísono en uno de los tanques ubicado en la segunda línea. Alcanzado en la torreta y destrozada la oruga izquierda, los tripulantes intentaron abandonarlo pero fueron muertos por una granada arrojada desde la altura de un edificio.
Barridos por el fuego cruzado, una veintena de muertos y heridos decoraban trágicamente la calle. El resto de los infantes rusos procuraban resguardarse en las construcciones o intentaban cubrirse tras los blindados. Las balas caían y rebotaban en el duro adoquinado al igual que una lluvia de granizo. Muchos eran los que caían y pocos los que repelían el ataque.
–¡Al otro tanque! –ordenó a los gritos Zorc para ser escuchado por sobre el estruendo del combate.
–¿A los de adelante? –preguntó Eichelberger que ya se había cargado al primer tanque.
–¡Al de al lado! –indicó Zorc con el índice apuntado hacia el T-34 ubicado a la derecha del destruido.
–De esa forma quedará cortada la columna en dos –explicó Frost al oído a Eichelberger que estaba a su lado.
El hombre del panzerfaust inclinó un par de veces la cabeza para demostrar que comprendía. Acto seguido se asomó el tiempo justo y preciso para descargar su arma en el blanco señalado.
Desde la vereda opuesta, el cabo Kringe vio como el segundo T-34 era alcanzado. Tras cubrirse los ojos para evitar las esquirlas de la explosión, comprobó que el blindado a pesar del daño en su cañón seguía en combate. Un nuevo disparo proveniente desde la misma terraza impactó de lleno en la torreta. La explosión, muy superior a la anterior, no dejó lugar al error.
–Cinco, seis, siete –contó en voz alta el cabo ansioso a la espera de que los tripulantes asomaran la cabeza por la escotilla. Al llegar a veinte supo que nadie saldría.
Un nuevo disparo de panzerfaust destrozó la oruga derecha del primer tanque de la izquierda. Al alzar la cabeza para comprobar si había venido del mismo lugar, Kringe vio atónito como un certero impacto, probablemente de obús, batía la posición.
Zorc no sintió más que un fogonazo y una fuerza descomunal lanzándolo hacia atrás. Atontado y con la garganta reseca por el polvo aspirado, se restregó los ojos con las palmas para poder ver. El panorama que lo recibió no fue el más acogedor: un gran boquete se abría donde antes había estado el piso de la azotea, en tanto que a una veintena de metros de allí dos cuerpos descansaban entre los escombros.
Instintivamente Zorc corrió hacia sus camaradas. El cadáver de Eichelberger presentaba a simple vista severas mutilaciones; en cambio el cuerpo de Frost parecía intacto. Por un momento, Zorc quiso pensar que el muchacho sólo descansaba boca abajo tras una ardua jornada, y que de un instante a otro se levantaría y le sonreiría con esa candidez que le era propia; sin embargo, sabía que nada de eso era verdad. Con aplomo, caminó hacia Frost con un nudo en el estómago que parecía ceñirse a cada paso. Sin ánimo para ver el posible rostro lastimado del chico, se limitó a tomarle delicadamente uno de los brazos y medirle el pulso. Luego lo soltó mientras le temblaban las manos.

viernes, 16 de julio de 2010

tarde del 23 de abril 1945 III


–En dos hora habrá oscurecido –estimó Zorc tras observar el cielo y consultar su reloj.
–En dos horas pueden pasar muchas cosas –dijo pensativo Frost.
–Últimamente no sale nada como uno quiere, ¿verdad?
–Y ya no creo que salga, sargento.
Ambos soldados permanecieron por varios minutos callados observando el cielo de color grisáceo que inconmensurable reinaba sobre ellos. Frost encendió un cigarrillo y rompió el silencio:
–Cuando estaba en Narva más de una vez me hice la misma pregunta durante las frías noches de guardia…
–¿Qué pregunta? –inquirió Zorc interesado ante la pausa del joven.
Con sus ojos perdidos en un punto fijo, Frost pegó otro calada al cigarrillo antes de proseguir:
–¿Cómo había llegado hasta ahí?
Zorc pareció contrariado al escuchar dichas palabras de boca de un SS. El joven apagó el cigarrillo con su bota en el suelo, y se apuró a explicar:
–Quiero decir, cómo fue mi vida a desembocar en eso. Antes de la guerra era un estudiante de Filosofía en la universidad de Munich sin mayor preocupación que tener que aprobar los exámenes y acudir a los mítines de la organización. Cuatros años después me encuentro en el medio de Estonia bajo la nieve tratando de no congelarme ni de que me peguen un tiro. ¿Comprende?
Zorc se quedó mirando al chico. Sólo cosas tan ridículas como la guerra podían lograr que un joven universitario de clase media se encontrase en plena charla con un maquinista de clase obrera en medio de una terraza de un suburbio sitiado. El sargento no pudo menos que reír:
–Sabes Frost, nunca pensé que conocería otra cosa que los doscientos kilómetros que diariamente recorría de ida y vuelta con mi vieja locomotora por la Baja Sajonia. Menos soñé que alguna vez fuese a salir de Alemania.
–De eso es de lo que hablo –asintió el joven veterano de Narva.
–Ese es el único lado positivo de la guerra… si es que tiene alguno –dudó el sargento.
Una detonación lejana atrajo la atención de los dos hombres. La guerra parecía no tener tiempo para sentarse a conversar.
–¿Hasta cuándo? –se atrevió de repente a preguntar Frost con el rostro serio.
Zorc tardó en responder. No porque dudara, sino porque siempre hasta ese día había evitado hacerse la pregunta. Sincero, tal como si le respondiera a un hermano ya que hijo no tenía, habló:
–Hasta que nos lo digan… somos soldados. Para renegar o desertar es tarde.
–Pero no hay ningún sentido ya… –comenzó a decir Frost y fue interrumpido.
–¿Alguna vez lo hubo?
La pregunta de Zorc planeó al igual que una mariposa en primavera sin rumbo claro ni certezas hasta perderse en el olvido. Superados por cuestiones que les eran propias y a su vez ajenas, prefirieron callar.
–¡Ahí vienen de nuevo! –irrumpió Niedermeier en la terraza.

sábado, 10 de julio de 2010

tarde del 23 de abril de 1945 II


Las voces provenientes de los pisos inferiores lo volvieron al Berlín de abril de mil novecientos cuarenta y cinco. Automáticamente se puso en pie y volvió a ser el cabo Kringe. Descendió hasta la planta baja para encontrarse a Schmidt en plena discusión con un soldado mientras otros dos hombres los observaban.
–¿Qué pasa aquí? –intervino con voz de mando.
Los dos que discutían callaron al unísono.
–¡He preguntado algo! –gritó frío Kringe, sin un ápice de cólera.
–Sólo intercambiábamos opiniones, señor –respondió el soldado que discutía con Schmidt.
–¿Qué opiniones? Hable con libertad Schmidt –preguntó el cabo directamente al soldado a cargo de la ametralladora.
–Intercambiamos opiniones del por qué tenemos que obedecer a miembros de la Wehrmacht siendo de las Waffen SS –se expresó de forma altanera Schmidt.
Kringe se mantuvo pétreo. Su rostro no mostró el menor gesto cuando el SS pronunció la palabra Wehrmacht de manera despectiva. Encerrado en sus cavilaciones, observó que los cuatro hombres que tenía ante sí eran miembros de las SS. Para nada acobardado por la inferioridad numérica, saboreó cada una de las palabras aún antes de decirlas.
–Obedecen a soldados de la Wehrmacht debido a que sus oficiales y suboficiales ya están muertos por ineficientes y fanáticos, o porque han puesto los pies en polvorosa para correr al lado del puto Hitler –explicó con un hablar lento y tranquilo Kringe en tanto con las dos manos aferraba fuerte el fusil.
Los cuatro SS se miraron entre sí. Ninguno se atrevió a hacer nada.
–¿Alguna otro cuestión, soldado Schmidt? –preguntó Kringe.
Schmidt negó con la cabeza, aunque sus ojos inyectados en sangre parecían no estar de acuerdo.
–Entonces a trabajar –ordenó el cabo–. Tú quédate para aprovisionar la ametralladora y ustedes dos vengan conmigo.
Después de apostar a uno de los dos soldados con el danés en el primer piso del edificio, Kringe se ubicó en el segundo junto al otro. Encendió un cigarrillo, cerró los ojos y se puso a tararear en voz baja una vieja canción sobre un pescador que solía cantar su padre.

viernes, 2 de julio de 2010

tarde del 23 de abril de 1945

Antes de abandonar el edificio de la chocolatería, Kringe debió escoger entre los tres soldados que le quedaban uno para dejar. El grandote Jensby estaba herido en una pierna por lo que dejarlo era condenarlo a una muerte segura; Schmidt era un experto con la ametralladora… Rommedahl fue el escogido por decantación.

El grupo de tres soldados cruzó la calle para situarse en su nueva posición. El cabo Kringe y Schmidt marchaban adelante en tanto que Jensby los seguía unos pasos más atrás culpa de de la herida en la pierna.

El edificio que debían ocupar estaba bastante ileso a excepción de una pequeña parte de la fachada donde había sido alcanzado por una granada de panzerfaust. Los tres niveles de la construcción contrastaban con la mayor altura de los edificios lindantes. Aunque más antiguo, parecía ser de una albañilería más sólida.

–¿No somos un poco pocos, señor? –preguntó el SS Schmidt tras examinar la posición que debían ocupar.

El danés y el cabo se miraron, tras lo que miraron a Schmidt. Luego se echaron a reír mientras que su camarada los miraba sin entender.

–Mira que si serás –dijo Jensby ahogado por la risa

Schmidt permaneció observándolos con gesto adusto, aún sin entender el motivo de la risa. Como la mayoría de los alemanes que formaban parte de las Waffen SS, el soldado no veía bien la informalidad ni el relajamiento entre sus camaradas.

–Montarás la ametralladora en la planta baja, luego ve a buscar todas las municiones que tenga el grupo de Zorc, ellos ya no las necesitan –ordenó el cabo Kringe nuevamente serio.

Luego de que Schmidt se marchara, tras apostar la MG-42, el cabo y el danés se dispusieron a examinar el edificio para seleccionar los mejores campos de disparo y las posibles vías de evacuación en caso de ser necesarios.

–No me gusta este lugar, cabo –se quejó Jensby–, si llegan a doblar la esquina quedaremos rodeados.

–Es lo que hay –dijo resignado Kringe y continuó con su inspección.

–Por qué no nos replegamos ya de una buena vez y listo –propuso el danés.

–Porque somos soldados y cumplimos órdenes –respondió inmutable Kringe, y ordenó–, este será tu lugar Jensby; en caso de que las cosas se pongan feas puedes saltar al patio interno del otro edificio.

–Gracias cabo –contestó irónico el SS danés.

Si captó la ironía, Kringe disimuló muy bien. Absorto siguió con su tarea y ascendió por la vieja escalera de granito hacia el segundo piso de la construcción. Las camas que abundaban en los distintos cuartos daban cuenta de que aquel lugar era un geriátrico o algo por el estilo. Abandonado recientemente concluyó Kringe, luego de dar con más de un urinario repleto de amarillenta carga.

Aunque las ventanas no eran muy amplias, comparadas a las de los otros edificios, se podían utilizar los panzerfaust sin mayor problema. Repentinamente cansado, el cabo se dejó caer en un marchito sillón hamaca. Seducido por la lenta oscilación de la mecedora, se permitió un instante de relajación de la dura formalidad militar para evocar los tiempos anteriores a la guerra donde sólo era un simple cartero en la lejana ciudad de Konstanz a orillas del lago homónimo.

Kringe dejó caer sus pesados párpados. Parecía que fuese ayer cuando marchaba de pesca al gran lago con sus amigos los días sábados por las tarde. Todo aquello parecía irreal entre el humo y los escombros de Berlín. Quién hubiera dicho que no volvería ver más a aquella chica judía. ¿Dónde se la habrían llevado? Había muchos rumores por lo bajo de cosas que era mejor no creer. A Kringe se le había olvidado el nombre de la joven, pero no así sus largas trenzas coloradas ni sus sonrojadas mejillas cada vez que lo miraba. Todo aquello estaba muerto al igual que la Gran Alemania y otros sueños de Hitler. Sin embargo, a pesar de que pareciera absurdo, nada de eso le importaba a Albert Kringe. Tan sólo echaba de menos su vida antes de entrar al ejército: la vida de un simple cartero y sus tardes de sábados y su muchacha judía.


viernes, 18 de junio de 2010

pasado el mediodía del 23 de abril de 1945


Zorc repasó uno por uno los soldados que lo rodeaban. Sus rostros sucios y transpirados apenas si dejaban escapar algún gesto que demostrase sus verdaderos sentimientos. Eran hombres curtidos: sus ojos habían visto cosas que nunca olvidarían, ni aún cuando ancianos en su lecho la muerte fuese a reclamarlos.
El sargento bebió un poco de agua antes de hablar; sentía un par de lijas en lugar de garganta. Nuevamente recorrió los rostros de sus soldados: Frost parecía como si recién viniese de visitar a una novia; Niedermeier estaba apagado con el rostro lívido; Kummer impaciente paseaba sus inquietos ojos de un lugar a otro; Karl-Heinz Riemer fumaba despreocupado; Knarvik charlaba con el otro noruego del grupo apellidado Berglund; en tanto que Fuhrmann, Eichelberger, Hirsch y Weigel permanecían impasibles uno al lado del otro.
–Faltan tres –señaló Zorc indiferente tal como si hablaran de cosas y no de hombres.
–Richter esta muerto. Yo lo vi –dijo Riemer y siguió fumando.
–A Haaning y Klamt los mató una granada –señalo Niedermeier.
Zorc intentó recordar el rostro de los caídos pero no pudo. La velocidad que desarrollaba el soldado para olvidar a los muertos era simplemente extraordinaria. A modo de auto defensa el cerebro era capaz de suprimir el nombre del soldado que media hora antes de morir había estado desayunando con uno. Sin darle mucho más vuelta al tema, el sargento ordenó que comieran algo y revisaran las armas, en tanto él cruzaba hacia el otro lado de la calle a ver como la habían pasado.
En la calle todavía humeaban los dos blindados. El olor a carne quemada impregnó las fosas nasales de Zorc, mientras corría agazapado de un lugar a otro para no hacérsela fácil a un posible francotirador. Durante el vertiginoso zigzaguear que no duró más de diez segundos, pudo ver la decena de cuerpos que en poses diversas adornaban la calle.
–¡Nos han dado con todo! –fue lo primero que escuchó Zorc que le decían al ingresar a lo que quedaba de la chocolatería.
–¿Cuál es la situación, cabo? –preguntó sin rodeos.
Kringe se rascó la nuca al igual que el colegial que no sabe la lección, tras lo que declaró en tono monocorde:
–Nos quedan cuatro panzerfaust, ocho granadas de mano y quinientas balas para MG-42.
–¿Y las bajas? –preguntó sin muchas ganas de saber Zorc.
–Todos muertos, a excepción de tres soldados y yo –respondió Kringe.
Por un momento, Zorc no pudo más que admirar a ese diminuto hombre que tenía ante sí. Kringe era todo un soldado. Uno de verdad.
–Evacuaremos este ruinoso edificio. Sólo necesito que permanezca alguien para disparar unos cartuchos y así confundir a los rusos. Ellos pensarán que seguimos conservando la posición y centrarán su fuego hacía aquí en tanto el resto los batiremos desde los flancos.
–¿Dónde será mi posición? –preguntó Kringe.
–Enfrente a la nuestra, sólo que con mis hombres nos desplazaremos un par de edificios hacia el sur –explicó Zorc mientras señalaba los lugares indicados.
–No podemos seguir así por mucho tiempo, señor –advirtió Kringe serio y formal.
–Ya lo sé –dijo el sargento, y agregó–. Por la noche nos replegaremos hacia la margen norte del canal de Teltow para reunirnos con el resto de la división
–Si queda alguien para replegarse –señaló el cabo.
Zorc no respondió. Las cuentas eran muy claras: si en el primer ataque habían perdido la mitad de los hombres no era descabellado pensar que en el siguiente acabaran con el resto.


sábado, 5 de junio de 2010

mediodía del 23 de abril de 1945 II


Desde su posición en un balcón de un segundo piso, el sargento Zorc vio como dos T-34 sobrepasaban su línea. Con un nudo en la garganta contó los segundos que se demoraron los hombres de Kringe en abrir fuego desde la chocolatería. Luego de llegar a veinte, el conteo le pareció eterno. En veintidós contempló absorto como desde el sótano del edificio que tenía en diagonal un soldado disparaba un parzerfaust. En un instante, la torreta del tanque color verde caqui se volvió negra producto de las llamas.
Un segundo soldado salió desde el mismo sótano, pero antes de que pudiese hacer blanco fue alcanzado por el fuego de ametralladora del segundo blindado; sin embargo, alcanzó a disparar su panzerfaust antes de morir. El proyectil pasó cerca del tanque e impactó contra el frente de un edificio ruinoso.
Sin tiempo para conmoverse, Zorc ametralló desde su posición junto con Frost a los tanquistas del blindado alcanzado que entre las llamas intentaban salvar sus vidas.
–¡Hay que neutralizar al otro! –gritó Zorc en tanto señalaba el blindado que seguía disparando hacia la chocolatería.
Frost no lo pudo escuchar por el estruendo del combate, pero entendió a lo que su superior se refería. Inmediatamente abandono el balcón para buscar el panzerschreck.
Cuando Zorc miró a su lado se percató de que su camarada no estaba. Sin tiempo para preguntas, siguió disparando contra los soldados rusos que pululaban en el lugar al igual que mosquitos.
Un disparo del blindado dio de lleno en un tercer piso desde donde dos daneses disparaban hacia la calle. Los pobres desgraciados no tuvieron la menor oportunidad.
A partir del primer disparo lo que fuese una silenciosa intersección de calles se transformó en un ensordecedor infierno. Las balas se incrustaban en las paredes en tanto que los proyectiles de los T-34 y demás granadas los derribaban. Como autómatas, los soldados indiferentes corrían de un lugar otro con la única idea de acabar con los enemigos. Entre el incesante traqueteo de las armas y la adrenalina del combate, los caídos mayormente eran ignorados hasta que todo terminara. Por lo tanto, sólo aquellos que no hubiesen sido heridos de suma gravedad podían esperar tener alguna oportunidad de sobrevivir. Los demás se desangraban hasta morir. Algunos lo hacían en decoroso silencio mientras que otros desgarraban sus gargantas en vano.
Kringe rápidamente calculó que si no neutralizaban al blindado la chocolatería con sus ocupantes sería reducida a escombros, huesos y cenizas. Decidido a intentarlo todo, corrió hacia la azotea. Una vez en ella, se encontró un cuadro que no esperaba. Al menos Lambertsen había acatado su sugerencia: sentado contra la pared y con el panzerfaust entre las piernas, el danés parecía aguardar apaciblemente. Sólo alteraba la escena la herida que tenía en la frente.
Aún en medio de aquel caos, Kringe delicadamente quitó el arma de las manos del muerto con miedo de perturbar su aparente paz. Seguidamente, sin medir riesgos asomó su cuerpo hasta la cintura y apuntó hacia la torreta del T-34. Contó hasta tres y disparó. La granada de carga hueca del panzerfaust apenas si osciló en su trayectoria un poco a la izquierda antes de impactar y sumir en llamas al blindado.
Sin tiempo para contemplar su obra, el cabo debió ponerse a reparo de los proyectiles que les disparaban desde la calle. Sabedor de que no había lugar para las demoras, corrió nuevamente escaleras abajo para cerciorase de que Schmidt tuviese municiones para su ametralladora. Una MG-42 aprovisionada podía ser la diferencia entre vivir o morir.
Knarvik sintió que sus rezos eran escuchados. Durante más de quince largos minutos había presenciado impotente como el T-34 con su cañón de 76,2mm se ensañaba contra los cinco pisos de la chocolatería. Excitado por la explosión del proyectil contra el blindado se lanzó ciego hacia él para despachar a sus tripulantes. Desprotegido en el medio de la calle eludió el fuego enemigo hasta llegar junto al carro. El único tripulante que logró escapar de las llamas fue ejecutado por una descarga cerrada de la Stg 44 del noruego.
–¡Esto si que es una fiesta! –sintió Knarvik que alguien hablaba sus espaldas.
Al darse vuelta se encontró con un SS danés.
–Ese sótano es como una tumba –dijo Rommedahl y tomó posición tras el blindado en llamas.
–¡Y aquí es como estar ante un pelotón de fusilamiento, condenado idiota! –le respondió fuera de sí Knarvik.
Rommedahl respondió con una sonrisa y abrió fuego con su fusil.
De forma repentina los rusos dejaron de disparar. Dieron media vuelta y se replegaron hacia la zona más alejada donde aguardaban el resto de los blindados. Después, máquinas y hombres se alejaron hasta perderse del campo visual de los alemanes.
El silencio se apoderó del cruce de calles en tanto las columnas de humo se elevaban fértiles hacia el firmamento en una tarde de primavera que acariciaba su esplendor.

jueves, 27 de mayo de 2010

mediodía del 23 de abril de 1945


Pasado el mediodía, los soldados apostados en el cruce de calles pensaron que tal vez ese día no habría más acción. Cansados de pelear y de correr, se dejaron distraer por la poca belleza de la primavera que podían percibir. Contemplar una flor o un ave en aquel escenario gris de edificios destruidos y calles maltrechas podía ser todo un espectáculo. Ser acariciado por un momento por un rayo de sol era mucho más de lo que un hombre podía aspirar. Oír cantar a un pájaro era ya todo un milagro; sin embargo, a pesar de los humanos y la guerra, la naturaleza indiferente continuaba con su cíclico andar.
Marcus Knarvik amaba la naturaleza. Antes de la guerra, en su Noruega natal pasaba todos los veranos en la pequeña isla de su abuelo contemplando la fauna y la flora silvestre. Quizás cuando todo terminara y volviera a casa estudiaría para ser veterinario, o biólogo. O las dos cosas. Muchas veces, al igual que a muchos de los voluntarios extranjeros, le gustaba pensar; se preguntaba que hacía peleando una guerra que no era propia. Aunque se repetía que la causa era combatir al comunismo, cada vez la respuesta le conformaba menos. Tal vez se había equivocado…
Absorto como estaba en sus pensamientos, recién reparó en los infantes enemigos cuando estaban más cerca de lo deseado. Tras de ellos, a unos ciento cincuenta metros avanzaban en formación una doble hilera de T-34. Si la vista no le fallaba, estimó que serían unos diez tanques y dos centenares de soldados. Indeciso entre correr para avisar a los demás o abrir fuego, se decidió por lo segundo.
El fusil Stg 44 escupió su carga de treinta balas en pocos segundos. Automáticamente, Knarvik tomó otro cargador curvo de su cinturón y lo cambió por el vacío. Sorprendidos los rusos por el ataque, dieron la oportunidad al noruego de que les vaciara otro cargador antes de responderle.
Una vez que el primer ruso comenzó a disparar, Knarvik supo que debía correr. El objetivo ya estaba cumplido: la alerta estaba dada.
Nadie entre los que se pueden llamar cuerdos gusta de correr entre una lluvia de balas, menos si los disparos vienen por la espalda. Aunque suene tonto, al menos cuando los disparos vienen de frente uno tiene la vaga ilusión de que puede llegar a verlos y eludirlos; sin embargo, cuando vienen desde atrás sólo resta rezar, zigzaguear y aguantar el escalofrío.
Dos balas seguidas rozaron las ropas del SS. Convencido de que la próxima no lo perdonaría se arrojó de cabeza a un zanja. Extrañamente los disparos cesaron.
Tras considerar que había transcurrido el tiempo suficiente, Knarvik se asomó cuidadosamente para ver porque no le seguían dando caza. Los rusos a ambos lados de la calle, charlaban y fumaban en pequeños grupos mientras aguardaban a los blindados. Seguramente, pensaron que le habían dado al caer en la zanja. El noruego no pudo más que agradecer por su suerte.
Convencido de que con un panzerfaust, con el que no contaba, desde su posición hubiese podido inutilizar fácilmente uno de los blindados, Knarvik maldijo su anterior buena suerte. Sabedor de que no podía aguardar toda la vida en su escondrijo, salió disparado como un galgo dispuesto a recortar los treinta metros que lo separaban de sus camaradas. «Esta vez me dan», pensó mientras volvían a lloverle las balas.
Sus compañeros que lo veían correr desde la altura de los edificios, no podían dejar de admirar al condenado noruego que parecía el mismísimo diablo. Tras unos segundos, aliviados lo vieron llegar a resguardo.
–¡Comienza la función! –gritó Lambertsen desde la terraza de la chocolatería.
–No disparen hasta que estén a menos de cincuenta metros –gritó el cabo Kringe varias veces mientras corría por las escaleras de un piso a otro para cerciorarse de que todo estuviese en orden.
–¡Son como mínimo veinte blindados! –declaró una voz fuera de sí
–¡Silencio! –ordenó férreo el cabo.
–¿Cuántos carros has cazado, Jørgensen? –preguntó Rommedahl al hombre que se agazapaba con él junto al respiradero del sótano.
–Ninguno –ladró el soldado en tanto mostraba su manga derecha desierta de estampas de blindados.
–Quizás hoy sea tu día –arriesgó Rommedahl con un guiño de ojo.
–Quédate los tanques, prefiero salir vivo –sentenció Jørgensen.
Rommedahl se quedó un momento pensativo, tras lo que sacó una pequeña petaca y se bebió un largo trago.
–¿Qué es? –se interesó su compañero.
–Vodka –contestó Rommedahl y, al ver la cara de desaprobación de Jørgensen, explicó–, hay que estar a tono con el enemigo de turno.
Jørgensen se quedo callado. No se decidía si le molestaba más compartir su posición con un borracho o con un loco. O con los dos en uno.