lunes, 11 de octubre de 2010

noche del 24 de abril de 1945

El capitán Boje era un danés grandote y de cabello rojizo con un aspecto más propio de un vikingo que de un oficial de las Waffen SS. De idiosincrasia similar a la mayoría de nórdicos que combatían del lado alemán, Jesper Boje era más un exacerbado anticomunista que un nacionalsocialista. Sin tener la obligación cutánea de defender una tierra que no le era propia, el danés se debatía enérgicamente en el mando de sus tropas para repeler a la marea bolchevique. Cuando Zorc lo encontró, el oficial estaba parapetado en medio del puente con su vista clavada en los fuegos que ardían al sur de Teltow.
Tras reportarse, el sargento aguardó callado a que el superior le diera las órdenes para la siguiente jornada. En ningún momento se preguntó que había sido del teniente que le había ordenado cubrir el repliegue. Los soldados desaparecían sin más. Algunos morían en tanto que otros al igual que ratas intentaban escabullirse antes de que todo estuviese perdido.
–¿Cómo está de efectivos? –preguntó de súbito Boje en un alemán tosco.
–Como todas las unidades señor, escaso –contestó Zorc rascándose la nuca.
–Sea más específico, sargento –pidió serio el capitán.
–Déjeme pensar –Zorc perdió la mirada a lo lejos mientras repasaba sus efectivos mentalmente–. Cinco confirmados y puede llegar a haber un par más por ahí.
Boje negó con la cabeza. Con los pocos efectivos que contaban era imposible contraatacar como habían ordenado. Convencido de que casi nada ya tenía sentido, ordenó al sargento que volviera con sus hombres, que él le enviaría algunos soldados.
Obediente, Zorc se retiró sin quejarse. A esa altura de la noche la guerra ya le importaba una mierda, sólo deseaba comer algo caliente y poder dormir un par de horas.
La pequeña bodega donde se alojó la sección Krauss no tenía mayor comodidad que una desmantelada mesa y una docena de colchones desparramados unos encima de otros. Los hombres se ubicaban sobre estos con sus espaldas apoyadas contra la pared descascarada. Cuando el sargento llegó, la mayoría había terminado de comer y fumaba tranquilamente, encerrados en sus propias cavilaciones. Sólo Kringe, Schmidt y Hirsch aún tomaban un poco de sopa recalentada acompañada con pan viejo y un poco de queso fundido.
–Me alegro de que estén vivos –saludó el sargento, y se sirvió un poco del potaje.
Los recién llegados no respondieron. Siguieron masticando el pan como si se tratara del mejor de los manjares. El cansancio era tal en cada uno de ellos que hablar era un esfuerzo tan supremo que no valía la pena. Masticar sí lo valía.
Después de cenar, y cuando todos ya dormían en la oscuridad de la bodega, Kringe salió a fumar junto con otro compañero.
–Aquellas llamas que se ven lejanas me parece que son las de la chocolatería –señaló Riemer.
–Puede que no, arden la mayoría de los edificios del otro lado del canal.
–Es verdad –asintió Riemer.
–Necesito que hagas algo, Karl-Heinz –habló en voz baja Kringe.
Más que por el tono conspirativo que utilizó el cabo, fue por que lo llamó por su nombre de pila que Riemer supo que le pedirían algo fuera de lo común.
–En las cocinas donde está instalado el rancho, en el primer piso vi una ametralladora MG-34 con varias cintas de municiones.
Riemer asintió, y aguardó a escuchar el resto aunque sospechó lo que seguía.
–Quiero que la traigas, con municiones incluidas. También nos sirven para la 42.
–Ya vuelvo –se despidió Riemer con un guiño de ojo cómplice y se perdió en la oscuridad.
Kringe encendió otro cigarrillo, la noche sería larga.

3 comentarios:

  1. vamos !!! que ya quiero el libro!!!!

    saludos

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  2. Excelente como siempre, una cosa que libro es?? yo tengo entendio que son publicaciones no??? AE!!! saludos.

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  3. Gracias Panzer por tu apoyo. Mjfm te cuento que Panzerfaust se ha convertido en libro y es muy probable que salga en una tirada pequeña a la venta a fines de noviembre.
    Saludos

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