miércoles, 3 de noviembre de 2010

mañana del 24 de abril de 1945


Seis y veinte de la mañana en punto, todo el poder de fuego del 1er Frente ucraniano del Mariscal Konev desató un demoledor bombardeo sobre la margen septentrional del canal de Teltow, mientras el 8º Ejército de Guardias del general Chuikov se preparaba para cruzarlo. Con una concentración promedio de seiscientas cincuenta mil piezas artilladas por kilómetro de frente, en cuestiones de minutos las posiciones ribereñas alemanas comenzaron a transformarse en montañas de escombros humeantes.

Sorprendidos por el ataque, los alemanes abandonaron instintivamente las posiciones junto al canal. Sin ningún orden y en medio del pánico, los soldados corrían hacia el norte mientras esquivaban los heridos y trataban de anticiparse a donde iba a caer la próxima bomba.

Extrañamente, salidos de los centenares de negras bocas de sótanos y bodegas que atestaban el suburbio de Britz, millares de civiles aterrados se lanzaron en estampida a cruzar el puente hacia el norte, cuando debían haber permanecido en sus refugios a salvo en el sector meridional.

Renuentes a quedar en un territorio inminentemente soviético, las mujeres prefirieron arriesgarse a perder la vida, y las de sus hijos y padres ancianos, bajo las explosiones antes que perder su honor violadas por la masa de atacantes. Los rumores y noticias provenientes de Prusia Oriental no hacían más que estimular la paranoia de una población civil al límite de la locura.

Mientras niños y adultos eran despedazados por la metralla y arrollados por los que venían detrás, los exiguos miembros de la sección Krauss, atrapados en ascuas al igual que la mayoría de sus camaradas, tomaron los fusiles y se lanzaron a la carrera para salvar el pellejo. En un bombardeo tan atroz como aquél no había lugar para los héroes ni para los cobardes. El que no corría era simplemente porque estaba muerto o porque iba a morir.

–¡Mierda, bombarderos! –maldijo un soldado tras mirar al cielo.

Zorc, que corría justo detrás de Kummer, se arrojó al suelo junto con éste al sentir el aterrador silbido de una bomba por encima de sus cabezas. Un edificio de tres pisos desapareció

en una nube de polvo y fuego. Cuando los dos hombres se pusieron en pie para seguir su desesperada carrera, observaron de soslayo que el edificio ya no estaba.

–Es el final –declaró Kummer desconsolado.

–¡Corre imbécil! –lo insultó furioso Zorc mientras sentía que los pulmones se le iban a salir por la boca.

Como un autómata inconmovible, Zorc obligaba a su maltrecho cuerpo a dar un paso más y luego otro. Seguro de que si se detenía a tomar aire ya no podría volver a reemprender la marcha, corría entre el fuego, las bombas y los muertos.

–¡Allí está el cabo! –señaló Kummer a Niedermeier que, parapetado en la entrada de lo que parecía una refugio subterráneo, los llamaba desesperadamente por medio de señas.

Zorc pareció reconocer a Niedermeier; sin embargo, cuando no estaban a más de cincuenta metros del lugar, en un abrir y cerrar de ojos Niedermeier desapareció. Preso de un súbito calor, Zorc cerró los ojos mientras era arrojado hacia atrás por la onda expansiva de la explosión.

Convencido de que todo había terminado, no intentó levantarse ni abrir los ojos. Con los oídos zumbándole, no se resistió al sentir que lo tomaban de los hombros y lo arrastraban

–¿Está bien, sargento? –sintió que le preguntaba una voz lejana. Muy lejana.

Temeroso de lo pudiese encontrar, Zorc se esforzó para levantar las párpados. Los ojos le ardían como nunca. Luego de uno segundos en los que sólo visualizó sombras, pudo enfocar la mirada en el hombre que le hablaba: con su uniforme blanco por el polvillo, Kummer parecía sonreírle mientras lo seguía arrastrando.

–¿Está bien, sargento? –sintió que le volvían a preguntar.

–De mil demonios –respondió Zorc con una tonta sonrisa dibujada en los labios.

Ayudado por otro soldado, Kummer trasladó al sargento al sótano de un galpón que parecía lo suficientemente sólido para no desmoronárseles encima. Una vez en la oscuridad del refugio, dejaron al herido sobre una mesa.

–¡Menudo infierno! –exclamó el granadero de la 18.ª en tanto buscaba en vano un atado de cigarrillos entre sus mugrientas ropas.

–Toma –lo convidó el otro soldado

–Gracias –dijo Kummer, y agregó al reparar en el uniforme negro de su interlocutor–, ¿tanquista?

–¡Ex…tanquista! –respondió desilusionado el soldado–, volaron mi Tiger junto con toda la dotación. Me salvé por haber ido a mear, ¿lo puedes creer?

Kummer movió la cabeza afirmativamente; en tiempos de guerra todo podía suceder.

–Cuatro hombres hechos pedacitos en un instante –se lamentó el tanquista.

–A nosotros ayer nos dieron una paliza tremenda –intentó conmiserarse Kummer.

–¿A quién no le han dado una paliza? –preguntó escéptico el tanquista.

Ambos hombres se miraron y soltaron las carcajadas al unísono.

Zorc pensó que estaba delirando al sentir risas con el bombardeo de fondo. Nadie podía estar riendo en aquella situación.

A las siete de la mañana en punto los cañones se llamaron a silencio. Un pesado mutismo invadió el ambiente. Los sobrevivientes, primero unos pocos y luego en masa, tímidamente empezaron a retornar a sus posiciones junto al canal. En tanto que las familias de civiles que habían salido ilesas reemprendían su éxodo hacia la capital, madres histéricas y niños envueltos en llanto revolvían al igual que carroñeros entre los cientos de muertos para intentar dar con sus seres queridos.

Inmunes al dolor y al sufrimiento ajeno, tras largos años de duros y cruentos combates, la mayoría de los soldados pasaba indiferente entre los civiles, mientras que unos pocos se detenían para intentar en vano brindar algún alivio a las víctimas.

Igualmente, no transcurrió mucho tiempo hasta que el silbato de un histérico oficial desgarró el aire para dar la alarma entre los combatientes.

Los ruidos de las ametralladoras rompieron el fúnebre mutismo. Los gritos frenéticos de los que estaban ya junto al canal se dejaban sentir por docena en su intento de llamar a sus camaradas.

Valiéndose de embarcaciones plegadizas y botes de remos de madera, los soviéticos se largaron a cruzar el canal mientras que sus camaradas armados de morteros y ametralladoras los cubrían.

Los dos primeros T-34 que osaron cruzar por el puente de Britz fueron destruidos en medio de éste por una lluvia de granadas. A pesar de que no contaban con muchos blindados, los alemanes disponían de un amplio arsenal de panzerfaust; arma sumamente peligrosa por su simpleza ya que podía ser manipulada tanto por un soldado, como por un niño o por un anciano.

Aunque nunca lo habían calculado, algunos oficiales soviéticos empezaban a vislumbrar que, más allá de su abrumadora superioridad en blindados, pagarían un amargo y caro tributo al panzerfaust en su vertiginosa carrera hacia el corazón del Reich.

5 comentarios:

  1. Es que me quedo impresionado con este relato y lo repito
    ya quiero el Libro!!!

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  2. Excelente como siempre!
    NOOO! QUE DIGO COMO SIEMPRE??? ESTA VEZ TE PASASTE!!! GENIAL!!

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  3. Excelente como siempre saludos AE!!!

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  4. avisanos como adquirirlo desde españa-

    este relato macho te has salido literalmente

    no olvides mandarme un email,

    endika007

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  5. Gracias camaradas por el apoyo.
    endika ya me contactaré con vos.

    Un saludo.

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